Grandes Buhos y Escuelas
A mi Alma Mater, la Escuela Experimental Venezuela, en la avenida México, le debo mis formas de pensamiento, mi memoria afectiva y emotiva, mis recursos y recuerdos; le debo lo que soy y probablemente lo que seré. En mi Escuela como en mi casa, supe de buenas maneras, palabras respetuosas y de buenos modales.
Una escuela impregnada del método de Decroly, que lleva a reflexionar sobre el porqué de las cosas, a buscar soluciones, y a aprender desde las experiencias y vivencias.
Entonces supe del gozo estético que produce la música, la poesía, el teatro en hermosos y amplios salones con un piano de cola.
Muchas maestras que me enriquecerían permanentemente por seis años:
Miguelina Giménez de Uzcátegui, Josefita Campos Gil, Ligia Bianchi, Maura Varela, entre otras.
La señorita Quisquella olía siempre a Shalimar, un perfume de Paris. Eso lo sabíamos porque ella lo contaba.
Entraba todas las mañanas al taller de Matemáticas con sus zarcillos y collares de cuentas, con peinado y zapatos altos. Antes de comenzar, como un ritual, se ponía sus guantes blancos porque era alérgica.
En ese momento comenzaba la clase dibujando conjuntos y subconjuntos de números con tizas de colores, para explicar las propiedades asociativas y conmutativas de los números. Llenaba la pizarra de óvalos rellenos de números, manzanas, peras y piñas que había que replicar en el cuaderno.
A la hora del receso no sonaba una campana, se escuchaba el Nocturno de Chopin Op. 9 Nº 2. Recorríamos los pasillos sin correr, caminando, cantando, charlando, vendiendo o comprando a algún compañero las chucherías que llevaba en su cesta. De esta manera, no hacíamos colas, aprendíamos sobre honradez y finanzas devolviendo cada mediecito equivalente al costo de manera exacta a la encargada de la cantina. Un total cinco bolívares. Un rialero.
Recuerdo que voté por primera vez como a los 8 años, porque elegíamos hasta un Presidente Escolar.
Dibujábamos de memoria el mapa de Venezuela, observando el relieve del patio desde diferentes perspectivas.
Siempre que asistía a la biblioteca era partícipe de una emoción, de un misterio de un gran estímulo a mi imaginación. A mi escuela le debo mi amor a la lectura, el gusto por visitar museos o asistir a conciertos.
Ya como a las 4 de la tarde, la Serenata Nº 13, de Mozart anunciaba la hora de la salida. Me iba con mi hermanita que estudiaba en otro grado, contenta y feliz a contar en mi casa todo o que había hecho en el día.
Escuela de mis amores, de mis dibujos, de mis canciones y de valores que marcaron mi alma.
Belinda Lozada
A mi amada maestra Rosa, cuanto que agradecer su educación en la etapa de prescolar en el Colegio Nuestra Señora de la Consolación en las Palmas rondado el año 1968, esos años donde creemos no recordar tanto pero esas experiencias que dejan huella siempre cala profundo en el alma. ¿Por qué era especial Rosa? Por su dulzura, por sobrepasar el objetivo académico, por estar pendiente de nuestras emociones e interesarse por ellas. Por su comprensión y su esfuerzo en transmitir valores y por siempre ser ese abrazo fácil que tanto necesitábamos.
Liliana Castiglione
UN BUHO QUE DEJO HUELLA EN MI
Cuando entré en educación Media, en el colegio Nuestra Señora de la Consolación, tuve estupendos profesores, entre ellos el profesor Antonini de matemática quien me enseño que la matemática era magia, y la profesora Haydee de biología de quien aprendí la importancia de la disciplina en el estudio de la ciencia. Pero en tercer año de bachillerato la vida trajo a mi una profesora de castellano y literatura, llamada Alicia, no recuerdo su apellido. Era el año 1958, tenía yo 16 años. Esta profesora me marcó por sus valores y el tiempo que dedicaba a despertar en nosotras, a través de la lectura y sus análisis, la sensibilidad y el amor por crecer como seres humanos. Parecía, mas bien, una profesora guía para la vida. Nos hablaba de temas pertinentes para nuestra edad como: el valor del verdadero amor, la poca importancia de lo material, lo falso de la frivolidad, la belleza de la poesía y cualquier tema del momento.
A mitad del año escolar la profesora Alicia fue sustituida por otra que, apenas llegó, dedicó el tiempo a realizar dictados y nosotros a copiar. A mi me invadió una mezcla de tristeza, rabia, dolor, ante lo que consideraba injusto…Intuyo ahora, al paso del tiempo, que aquella verdadera docente fue despedida porque algunos representantes se quejaron, quizás pensaron que tomaba tiempo de sus clases para sustituir información por formación humana. Pero ya la semilla estaba sembrada y muchas de nosotras damos gracias a Dios por ello. Creo que sucedió con esta profesora lo mismo que años después vi en la película ¨La Sociedad de Los Poetas Muertos¨.
Yo siempre había sido una joven muy tímida, pero ante este hecho, que consideré injusto, emergió en mi una rebeldía que me resultaba desconocida. A partir de entonces me hice visible en la defensa de mis principios y valores, especialmente, cuando estudié Letras en la Universidad Central de Venezuela y yo era la única estudiante que venía de un colegio religioso.
Estudié Letras, en la Facultad de Humanidades, gracias a la profesora Alicia, deseaba parecerme a ella y por eso estudié lo mismo. Ella fue mi modelo porque desde el primer momento resonó, en mi, todo lo que ella nos enseñaba.
Posteriormente, cuando fui profesora de Literatura en el liceo Andrés Bello y en el colegio San José de Tarbes , leía con mis estudiantes como lo hacía la profesora Alicia con nosotras. Recuerdo, especialmente, el libro ¨El Principito¨. Todavía encuentro algunos de mis estudiantes que me comentan sobre la biblioteca que hoy tienen gracias al hábito de la lectura adquirido en mis clases.
En síntesis, pudiera decir, que mi profesora Alicia se convirtió en mi primer referente profesional y hoy la amo y la honro.
Myriam Heller